JAVIER RUBIO NOMBLOT

 

EL CANTO DE LA CHATARRA.

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EL CANTO DE LA CHATARRA.

 

“El hombre mecánico que murió antes de nacer se entrenaba en la pista americana”, rezaba aquel titular.

 

Una triste historia, que se repite con frecuencia... Lo cierto es que la mayoría de nuestros sueños y fantasías se desvanecen mucho antes de llegar a concretarse, sí es que existe lo concreto y ha lugar una vida totalmente desprovista de ilusión y de espejismos. Las manos del escultor, en este   y en otros muchos casos se afanan en mover esos límites, porque cualquier hombre mecánico, metálico o pétreo –del tipo que sea- pertenece sin duda a ese reino de la fantasía que exploramos en nuestros momentos de inconcreción. Por eso Fernando Suárez es el compañero ideal de quienes pertenecemos a su misma generación-y sus criaturas férreas, no digamos-,de cuantos hemos crecido admirando a los mismos maestros dibujantes-Dan Barry ,Stan Lee, Corben...-y siguiendo mes tras mes las peripecias de atléticos superhéroes de corazón blando. El mundo de Fernando Suárez es el nuestro, pero también el de quienes, sin haber tensado nunca imaginarios músculos con los saltos de Dare Devil y los vuelos fulgurantes del Hombre de Hierro, aún esperan ver surgir un Golem de chatarra de aquel vertedero en el que algún desaprensivo dejó abandonados unos bidones con material radiactivo, biocontaminante e inútil .Sí la Criatura de Sheley representa el loco sueño de la ciencia, se alimentaba de la fascinación romántica por lo oscuro y tenía el final trágico al que está abocada empresa insensata. Mas la máquina viviente de Fernando Suárez es hija de la civilización del consumo, nace entre las ruinas humeantes que se extienden hasta donde alcanza la vista y no tiene alma de asesino: en su mente hay un extraño e insondable vacío. Es limpia e inocente.

 

Sin Fernando Suárez, nos hubiéramos quedado huérfanos de personajes con músculos de acero.

 

Sucede, en primer lugar, que estos vertederos de chatarra y los desechos que albergan-auténticos tesoros de la ingeniería moderna- podrían ser cantados por cualquier poeta que quisiera hablar del ocaso de la era industrial, de la era del hierro que toca a su fin en tanto la fina red de electrones comienza a materializarse y la frontera entre lo soñado y lo visible vuelve a desplazarse. Allí quedaron descuartizadas las máquinas rugientes, las pesadas estructuras, los engranajes y las bisagras que en su dia realizaron titánicos esfuerzos, los hierros doblados, las vigas retorcidas, los ejes y las zapatas usadas.

Llegará la noche, se hará el silencio y tal vez ...No, ya murieron los sueños, ya es demasiado tarde pero, ¿quién no aguzará el oído esperando oír un rechinar de chapas metálicas ,el inconfundible sonido del hierro al doblarse? Ya es demasiado tarde, ya no puede ser pero, ¿no habían de reunirse las piezas algún día, enroscarse los alambres en torno a las tuberías, tensarse los cables sobre las poleas , apretarse las tuercas y alzarse el hombre mecánico sin alma , poderoso y devastador?

 

Mientras ensamblaba trozos de texto aleatorio eché en falta una de las tuercas que ví en el taller de Fernando.

 

Asimov, en un relato corto que por cierto era el que más le gustaba de cuantos escribió, imaginaba la evolución de una supercomputadora que terminaba por acumular todo el conocimiento humano y que , convertida ya en luminosa esfera de energía flotando en el vacío, aguardaba el momento del fin del universo para obtener la única información que le faltaba. Cuando la última estrella moribunda se apaga, repasa la masa ingente de datos que posee y llega a una conclusión. Dice: ”Hágase la luz”.Y la luz se hizo. El  hombre mecánico es parte de esa evolución: los deseperados Replicantes de Blade Ranner, como los personajes de Fernando Suárez, tienen la virtud de enfrentarnos a una humanidad no humana plena de recovecos y enigmas. El Terminator muere por salvar a un niño y su final nos arranca una lágrima porque tiene, como rezaba aquel epitafio en tumba perruna” todas las virtudes del hombre y ninguno de sus defectos”, pero no es un perro, sino una criatura desconocida, inclasificable e incomprendida. Muchos de estos personajes inspiran ternura y tristeza. Su propia fortaleza, su valentía, el desapego que sienten hacía sus cuerpos insensibles-o no-, su fuerza , desproporcionada en relación con la nuestra, su solidez, determinan su destino fatal, están condenados al exilio, han de ocultarse, son temidos incomprendidos y marginados. Y aunque Asimov tuviera razón una vez más y la máquina creara un nuevo universo, algo en nosotros nos dice que seguiría sin tener un alma como la nuestra, que seguiría siendo un robot a nuestro servicio; su instrucción postrera –y primera-tiene por objeto devolvernos la vida a nosotros.

 

“Uno de los mutantes estaba tomando un baño de cera roja; varios más fueron hallados muertos en gruesos bloques de resina”, continuaba diciendo el texto.

 

(Las máquinas de Fernando Suárez son, desde luego, enemigas juradas del agua: sí algo puede acabar con ellas, además de las altísimas temperaturas de la fundición o de la forja, es esa humedad que poco a poco ,insensiblemente, va minando su piel : a cada paso dejan un imperceptible rastro de polvo naranja que nos indica que , algún día, volverán como nosotros al polvo del que vienen. Mientras se conservan en cera o en resina, en barnices y fijadores).

 

El otro día abandoné por enésima vez a su suerte lo que los escarabajos venenosos habían dejado del cadáver de Lara Croft para ojear un manual de “Aprenda a dibujar superhéroes de Marvel”.Todos aquellos trazos esquemáticos, las lecciones de anatomía, composición y movimiento , el estudio de las poses de máxima tensión, el sombreado a tinta china y otras maravillas se me antojan hoy deliciosamente arcaicas.

 

Reyes , princesas, grandes imperios, titanes, héroes, personajes mitológicos, arquetipos, rituales, hechizos, energías transferibles y metamorfosis inopinadas...La historieta de acción hunde sus raíces en el mundo clásico ,que a su vez es fundamento de nuestro pensamiento consciente e inconsciente y nos permite, sobre todo, reencontrarnos con los atletas y con los juegos. Así la escultura de Fernando Suárez es dinámica, se ocupa esencialmente de la acción, de la fuerza, la agilidad y cuanto atañe al movimiento. Sus personajes nunca se encuentran en reposo sino que guerrean, cazan , escalan , corren  y se libran a una actividad incesante, tensando sus músculos metálicos, arqueando sus espaldas recias, asiendo objetos o salvando obstáculos. Sí observamos los puntos de apoyo de sus figuras, veremos que estos a menudo no existen-muchas cuelgan de cables- o son los mínimos posibles: se nos muestra el instante en el que va a producirse el salto, el momento preciso en el que el atleta o el animal toman contacto con el suelo o van a despegarse de él. Cuando Fernando Suárez dibuja, analiza la secuencia completa de un salto o de un mandoble poderoso y selecciona aquella imagen que posee mayor dinamismo para razonar después el porqué de su elección con ayuda del hierro: ciertas pletinas o varillas que surgen de los cuerpos metálicos son en realidad las líneas de su primer dibujo, prolongándose más allá de la figura y señalando los siguientes pasos de la secuencia.

 

Toros, hormigas, ciempiés, cocodrilos, escorpiones, caballos, leonas y gacelas...Espléndidos animales en acción que el artista dibuja-de memoria las más de las veces –y traduce luego ensalzando sus cualidades naturales e infundiéndoles ese hálito de fantasía; atletas con piel de hierro y alma de robot, sordos acaso, que viven en un mundo oscuro ,en el cementerio de automóviles entre chatarra, ferralla , material de desecho, tornillos, planchas de acero , pletinas y roscas, padeciendo una corrosión lenta pero inevitable. Y un escultor, volviendo al taller con pesados sacos rebosantes de piezas oxidadas y soñando con héroes y bestias mutantes.

¡Cuánto trabajo ya hecho! Pero ¿cuánto le queda por hacer? A medida que avance , sus titanes sin duda cambiaran de forma, crecerán en tamaño, se enriquecerán, pero siempre habrá un único espíritu para animarlos a todos y seguirá su escultura rindiendo culto a los héroes, a las potentes máquinas, al Golem y sobre todo, a la belleza del cuerpo humano.

 

 

                                                                                            JAVIER RUBIO NOMBLOT.

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